sábado, 26 de marzo de 2011

Aprendiendo a morir { 1962


 Aprendiendo a morir ( 1962 )
Director : Pedro Lazaga
 ((( Actores y Actrices )))
Manuel Benítez "El Cordobés", Maruja Bustos, Ismael Merlo, Jesús Colomer,
 Manuel Zarzo, Paula Martel, Lina Yegros, Elvira Quintilla, 
Félix Fernández, José Orjas, Jesús Puente, Adolfo Duarte
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Filmografias
Manuel Benítez "El Cordobés"
Pedro LazagaManuel ZarzoFélix Fernández
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A pesar de los consejos que sus amigos le han dado, Manuel se pasea por tentaderos y plazas para ver si le dejan torear. Después de muchas calamidades y gracias a Rafael, consigue una novillada en Córdoba. A partir de aquí, le llueven los contratos y consigue una serie de triunfos, ganando su primer dinero.

Aprendiendo a morir se rodó en 1962 a mayor gloria de Manuel Benítez El Cordobés, que sumaba entonces apenas veintiséis años y, viviendo su apogeo aún como novillero, distaba unos meses de tomar la alternativa como matador. Dirigía Pedro Lazaga, cineasta con casta y oficio, y arropaban al diestro excelentes actores como el enorme Ismael merlo, que ejercía en la cinta de su fiel apoderado.
La música de Antón García Abril, embebida en pasodoble, sabe ser solemne cuando la circunstancia lo requiere, y el ojo pródigo del maestro fotógrafo Alfredo Fraile cuida del sol y de las sombras. Forman buen equipo Fraile y Lazaga, el catalán pone el nervio y el madrileño la musculatura, la fortaleza, el empaque... Juntos imprimen ritmo y belleza a un buen número de los pasajes que conforman esta hagiografía taurina trabajada a seis manos por la pluma, pocas veces indemne al tópico, de Tico Medina, Sánchez Campoy y Manuel Tamayo.
El Cordobés da el tipo y la cara aniñada desde el altivo principio en que mata a un semental en mitad de la noche para desquitarse de la paliza que le han propinado los guardias jurados en la dehesa. Tiene un hálito casi artúrico el robo del estoque, la entrada a matar en mitad del bostezo turbio que precede a la madrugada, y la plantada del hierro bañado en la sangre de la res derribada.
Como ya daba a entender Juan Belmonte en el discreto abanico de sus memorias, el planeta de los toros viene a ser el postrer resguardo que ha encontrado nuestro arte para perpetuar, no sin aprietos, la tradición de la novela picaresca, que desembocará en la crepuscular figura renga de ese Juncal que, antes de literario, fue ante todo televisivo y callejero.





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